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05.12.2004.-

Salió el Indio de adentro

Con buenas canciones, un alto nivel lírico y ritmos que van del rock y el funk al hip hop, el Indio Solari emergió impecable de su famoso encierro. La crítica de Mariano del Mazo, para Clarín.



No sirvo y nunca serví para tristes despedidas. / ¡Pobre amor! ¡Bendito amor! Va saturando un pañuelo... /La larga sombra que vi es la de mi pasado / un paraíso de amor que viví en el corazón del infierno.

La muerte y yo...

A los 56 años, con casona, jardín, mujer, hijo y perros, el Indio Solari quebró el secreto de Estado del rock argentino y dio luz a su primer disco solista que resultó, finalmente, ni tan tecno ni tan rockero, levemente opresivo y claustrófobico, absolutamente lúcido e indispensable.

Con más de 30 años de letrista de los Redondos y sumergido en un océano de alegorías que conforman un universo lírico propio pleno de sugestiones y hermetismos (quizás, junto a Spinetta, es el más vigoroso poeta del rock nacional), Solari desparrama una cantidad de ideas que vienen desde "la noche de los tiempos" de la cultura rock: aun con una madurez evidente (¿cuánto cambia un hijo a una persona que alguna vez se autodefinió como "un tanito insoportable"?), el Indio siempre está hablando de lo mismo. Y lo hace de un modo maestro.

Hay que decir entonces que sí, que hay un continuismo con los últimos discos de los Redonditos. Así como Skay dejó claro en sus dos discos solistas que el pulso musical del Patricio Rey de los 80 y los primeros 90 le correspondían, el Indio avanzó en los criterios que mandaron en Ultimo bondi a Finisterre y Momo Sampler.

Y fue aún más allá. Sin perder de vista "la canción" y sin abusar de los climas depresivos de aquellos dos discos, el Indio propone en El tesoro de los inocentes (bingo fuel) una luminosa oscuridad con temas jazzeados (como La piba de Blockbuster, en la que perfecciona su voz de crooner, que ya había probado en La pequeña novia del carioca), ritmos funk (el temazo El Charro chino, ese estribillo festivo, el suave rapeo en la interpretación) y trip hop (Ciudad Baigón). También abunda el rock épico, grandilocuente, marca Redondos, aunque tratados con más matices: máquinas, teclados y vientos. La banda responde: Julio Sáez y Baltasar Comotto (guitarras), Marcelo Torres (bajo), Hernán Aramberri, Alejo Von Der Pahlen y Ervin Stutz (vientos) y Déborah Dixon como voz invitada.

Pero el impacto son las letras. El Indio tiene una capacidad para el verso corto que pega con la contundencia de un haiku o un slogan: Vas corriendo con tus Nikes / y las balas van detrás / (lo que duele no es la goma sino su velocidad) (Nike es cultura); Si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía / ¡No vas a regatear! (El tesoro de los inocentes); Me he puesto grande, ya ves / sólo le pido a la vida que no me duela (...) Me va alumbrando la luz de los que no respiran (La muerte y yo...). Solari basa su obra en descripciones de personajes y situaciones, reflexiones más o menos existenciales y una mirada oblicua sobre el amor. En este disco profundiza hasta el abuso la utilización de neologismos que ya eran su marca en tiempos de Redondos, ese lunfardo obsesivo que se funde en un lenguaje de comic: culeódromo, Sexi bomba y el chulo Cheche, Gringolandia, ...me rasco la papa y no puedo recordar... Check in-out (Canción para un Goldfish), Gordita de Pinamar (nunca acaba de llegar) / estéticos herpes y culito on-line (Tsunami), Masturburguer da cupones y una ópera hip hop (Nike es cultura).

Entre críticas a la globalización vía Naomi Klein y al cheto en un abanico que va de Pinamar a Miami, y comentarios sobre la frontera caliente entre México y EE.UU., siempre en el marco de un pesimismo controlado, Solari dedica el disco a su pequeño hijo Bruno, cita al Lennon-McCartney de Hey Jude (¿No sabés qué es un necio? Es quien se hace el insensible haciendo un poco más frío su mundo) y crea un dibujo por cada letra de canción, en un registro surrealista-pop que incluye arlequines decadentes, carteles de la CIA, soldados, mariposas y pistolas apuntando.

El encierro terminó. El Indio Solari salió de su agujero con un disco notable, rebosante de mensajes cifrados, denso y elegante. El famoso año sabático valió la pena. El parate de los Redondos tiende a perpetuarse.



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